Santiago Escuadrio

Fotografía

 

A Cabeza do morto

viernes 11 mayo 2012

 [ Más ]

 

Anecdotas de la gente del pueblo

sábado 10 septiembre 2011

 Anécdotas de la gente del pueblo:

La cual no es una trascripción exacta, de la de gallego.

Anécdotas comentadas por las gentes de las aldeas, de las cuales, además decían ser ciertas.

Si nos remontamos en el tiempo, hacia atrás por el año de 1930, aunque el redactor, solo pueda llegar con uso de razón o compresión de las cosas, hasta el año de 1958, entenderemos mejor el relato. 

De aquellas en las aldeas pequeñas la mitad de la gente solo sabía poner su nombre en un papel; conocimientos de su entorno y poco más, en toda su vida non veían un periódico y no digamos libros, aunque de poco les iban a servir. Como es de suponer las noticias viajaban de boca en boca, con su correspondiente añadido de cada quien las comentase. 

Por no existir no existían ni la radio y menos la televisión; aunque había gente lista, la cual no destacaba por falta de medios. Pero como decía un vecino de la aldea, donde se comentaron estos hechos, el cual era agudo como un ajo; había gente muy lista, tanto es así que hacían relojes con la raíz del nabo, pero el chiste no era ese, si no,”re-carafio”, me escuchas, que funcionaban y todo. 

También tengo que decir que de la misma historia, según comentarios de otras gentes existen en otras comarcas, versiones similares, con diferencias mínimas, en los matices y nombres de las cosas... 

Los nombres de las gentes, así como de los lugares, son puramente ficticios... 

 

EL CHOCOLATE  Y EL AJO  ESPERRETEADO O PESPERRETEADO.

 Como de costumbre, parte de los vecinos del pueblo se juntaron en la vivienda del apodado, Mazaricos, reuniones que de aquellas les llamaban “fiadeiros (juntas de vecinos)”, donde pasaban el tiempo de descanso. Llevaban tiempo en la misma, así como próximos a su ecuador, cando uno de los presentes erigiéndose en narrador principal, le pregunto a los presentes:

¿Alguno  de vosotros conoce el dicho de los señoriítos de la villa? 

¡Sí hombre! ese el de los señoriítos, los que fueran de caza al mismo corazón de la sierra, un lugar en el que para muchas personas de la ribera les sonaba como apartado, como al final del mundo. 

Aquellas gentes de montaña que para comer, lo que más conocían, eran patatas y leche, eso si  la leche la tomaban de todas las formas conocidas, más alguna que otra castaña, a parte de pan de centeno, negro como una noche oscura; que en la misma sierra sembraban, esparciendo el grano por el suelo, pasándole después por encima  el rebaño de ovejas al  galope, para que no lo comiesen  al tiempo que lo enterraban, al cavar la tierra con sus pezuñas. 

El que se erigiera por voluntad propia en narrador principal de la noche, viendo que nadie era sabedor de tal dicho; comenzó a explicarse empleando para ello todos los músculos y miembros de su cuerpo rítmicamente, como si los mismos le fuesen guiados por cuerdas invisibles, al estilo de las marionetas en las ferias. 

El narrador, comenzó de la siguiente forma:
No hace muchos años, pero si algunos que ocurrieron los hechos que de seguido para mi boy a recordar y para vosotros relatar. Puede decirse que parte de los hechos  desgranados en las siguientes líneas, ocurrieron en el siglo pasado, información que mismo a usted le ayudara  para entrar en situación. 

Un día por la maña temprano, a lo largo de la temporada de caza, los señoriítos de la ciudad, decidieron ir de caza á la aldea, para ellos y mucha más gente de la ribera, más apartada de la civilización, eso si, situada en un enclave privilegiado, al estar la misma situada en las laderas de las sierras de mayor altitud de la provincia, por tanto protegida de los vientos oceánicos, que con  frecuencia regular azotaban la región. 

Comenzaba como quien dice a brotar los primeros rayos de sol por entre la cima de las colinas de enfrente al pueblo,  cuando subidos encima de las caballerías los señoriítos de la ciudad, enfilaban la calle principal de la aldea.  Dado que el otoño iba de cara el inverno, y el día tenía su aquel, en la calle, hacía un frío que, mismo les dio la impresión, de afeitarse en seco. 

En el tiempo que les llevo aproximarse al centro de la aldea, no vieron a nadie, por la calle ni tras ventana alguna; por lo que decidieron amarrar las caballerías en la plaza que vieron a su derecha. En la cual trabaron las caballerías, a una viga que en el lugar se encontraba a medio hacer. Siguiendo a pie por las callejuelas de la aldea, en busca de alguna persona; mismo de alguna señora que resguardada del frío reinante tras de alguna ventana, pudiesen observar, y de paso preguntarle si les podría hacer una tableta de chocolate, que ellos llevaban con la idea de almorzar algo caliente. 

Caminaban por el medio de una callejuela, cuando nada más doblar la próxima esquina, observaron como una señora les pareció entrada en años, salía de una puerta, medio desvencijada, debido seguramente al paso de los años, la cual habían dejado como la espalda de la propia mujer, un poco curvada,  la cual como si se lamentase, chirrió al cerrarla. 

La señora, caminaba en dirección hacia ellos por el corredor con piso de madera, el cual a su vez disponía de una barandilla para no cambiar también de madera, que utilizaban para apoyarse, además de sostener como en aquel momento, cierta cantidad de mazorcas de maíz, secándose expuestas al frío viento de la mañana, el cual además le hacía ondear los mechones de cabello que sobresalían por la parte superior de casi todas las mazorcas. 

Nada más alcanzar ella la cabecera del referido corredor, tras saludarse mutuamente, los señoriítos le  preguntaron:

¿Señora si usted fuese tan amable, aunque sea un abuso por nuestra parte, nos podría preparar una tableta de chocolate para desayunaremos? 

La señora, entrelazando su medio castellano gallego, eso si muy educadamente les dijo: señores de ninguna manera es un abuso; retirándose poco después hacia el interior de la vivienda, con la tableta de chocolate en la mano. Desvaneciéndose casi al momento, ante la vista atenta de los caminantes, en la más profunda penumbra del pasillo, de camino hacia  la cocina donde en la olla tenía a hervir el caldo para el medio día y la noche.

Mientras tanto los caminantes retrocedieron sobre sus pasos, para atender a las caballerías, las cuales dejaran en la plaza del pueblo, tiempo que además aprovecharon para transvasar unos bollos de pan blanco de las alforjas, a los bolsillos de sus zamarras. 

La señora de camino hacia la cocina, en el último momento decidió desviar su trayectoria pasando por el comedor de la vivienda, en busca de algo que le sirviese para atar la tableta de chocolate antes de introducirla en la olla. 

Después de revisar varios cajones, en uno de ellos, encontró una cinta, lo suficientemente larga, como para por un extremo atar la tableta de chocolate, y el otro atarlo a la cadena, que tras enrollarse en la viga que a su vez sujetaba, las tablas donde secaban las castañas, y en la comarca le llamaban, “canizo, por ser la misma de Galicia”. Cadena bastante larga por cierto, pues su extremo casi llegaba al suelo, sirviendo la misma para mantener a cierta distancia, la olla del fuego.  Aunque a veces la olla, también solía reposar sobre un tres pies. Dirigiéndose a continuación con la tableta en la mano, hacia la cocina en busca de la olla. 

Cuando entro en la cocina observó que el fuego se desvanecía por momentos; pero aún así lo primero que hizo, fue dirigirse hacia la olla la cual nada más alcanzar con su mano envuelta en un trapo de cocina, fue revisar su contenido. Olla que colgada de una cadena la cual bajaba del techo, después de abrazar una viga, sobre que descansaban la tablas que contenían las castañas de la temporada para secar, de las cuales de vez en cando alguna de ellas explosionaba, al no aguantar la cáscara, la presión que dentro la humedad alcanzaba al calentarse. 

Instantes después la mujer se puso a pensar: ¿como rayos y centellas, se haría el chocolate?, cosa que por simple que parezca, ella en su larga vida, nunca viera ni hiciera, por lo que hizo lo primero que se le ocurrió. Según llevaba la tableta, atada con la cinta en la mano; la introdujo dentro de la olla, dejándola cocer junto con el caldo que estaba preparando para el mediodía y la noche; dejando un extremo de la cinta fuera de la olla, atado a la argolla de la olla, para facilitarle las cosas; cuando más tarde, tuviese que tirar de la misma para comprobar como iba la cocción. 

Le rejuntó las brasas y restos de madera al fuego, soplándole unas cuantas veces con el fuelle que además decoraba la cocina, colgado de un clavo anclado en la pared, retornando con posterioridad junto al fuego en varias ocasiones para avivarlo. Mientras soplaba sobre las brasas, de las mismas se desprendieron gran cantidad de chispa, que como locas al momento se pusieron a perseguirse unas a otras, al mismo tiempo que  giraban sobre si mismas. Lo mismo sucedió con las  llamas una vez se avivaron y ganaron altura, nada más alcanzar la base de la olla, se deslizaron suavemente alrededor de de su base acariciando seguidamente sus laterales,  consiguiendo con ello que en su interior, su contenido ganase temperatura. 

Pasado un tiempo prudencial, durante el cual, la señora lavó los utensilios de cocina que había utilizado la noche anterior y dejara sin lavar, por cansancio o desgana. Con una de las manos levantó la tapa de la olla, mientras que con la otra, tiró de la cinta en un intento de comprobar la cocción de la tableta de chocolate, ¡mi madre!, la señora,  non daba crédito de lo que estaba viendo, mejor dicho de lo que no veía, pues en su mano solo tenía la cinta, ni rastro de la tableta de chocolate, la pobre señora, non sabía que decir ni hacer, si reír o llorar... 

La señora con su mandil algo más que usado y las galochas que terminaba de ponerse recién herradas, atronaba al caminar por el pasillo de madera, a toda la velocidad que le permitían sus pequeñas piernas. Las cuales como en volantas la trasladaban fuera de la vivienda a la calle; mientras la misma pensaba: que decirles y en como hacerlos partícipes del hecho acaecido en la cocina, a los señores de ciudad..

Ellos que en ese mismo momento regresaban de atender a los animales que les habían trasladado hasta el lugar, al  verla llegar a la anciana de aquella forma: con la cinta en la mano y el mandil algo más que desgastando con algún que otro agujero y los bordes deshilados y a toda prisa.  En sus mentes de repente, fue como si una vela se encendiese, algo raro le tenía que haber pasado a la pobre señora y a ellos se lo iba a comunicar. 

Nada más ganar su altura, tanto quiso hablar que las palabras no le salieron, para de pronto soltarles: 

Miren mis señores, con esta misma cinta que llevo en la mano, les ate la tableta de chocolate, introduciéndola a cocer en la olla donde tengo haciéndose el caldo para el mediodía y la noche. Cuando fui mirar si estaba cocida, para lo que tire de la cinta, hasta sacarla por completo de la olla,  y así según la ven me salió, como ustedes mismos pueden apreciar, nada. 

Ellos a cada palabra de la mujer, se congestionaban más y más, adoptando sus caras la configuración de un mapa, non sabiendo que expresión adoptar, si reír o llorar.

 

¡Esporreteado ou Pesperreteado! 

Nada no se preocupe señora; en cambio igual nos podría hacer unas sopas de pan, le dijeron ellos.

Si señores non hay problema alguno, ahora mismo se las hago, pero antes díganme, ¿y como las van a querer, non vaya a ser el diablo...? ¡Con el ajo esporreteado o pesperreteado!.. 

Señora nos podría explicar que es eso de el ajo esporreteado ou pesperreteado, pues le es la primera vez que tal escuchamos.

Pues miren para aquí señores miren, con estas dos muelas que aun me quedan buenas, machaco dos dientes de ajo y después; Esporreteado es soplarlo todo seguido encima de las sopas, y pesperreteado, es escupirlo de a poquitos. 

Ellos que levantan la vista y le ven aquellas dos muelas en el mismo fondo de la boca, a través de dos dientes enormes que tenía situados uno a cada lado a la entrada de la boca, los cuales les hicieron pensar en los marcos de separación de las pequeñas fincas de entrada a la aldea, así como en la madriguera de animales salvajes. 

Mi madrina les dio  tal asco, que no se les ocurrió decir otra cosa que:

Aunque ya llevaban los bollos en los bolsillos de las zamarras, Señora mire, vamos a ir en un momento buscar unos bollos de pan blanco a las alforjas de las caballerías, y se retiraron con las últimas palabras de la señora, aún resonando en sus oídos. 

Caminaban por el centro de la calle, casi sin color en sus caras, congestionadas las mismas de tanto aguantar las risas.

En cuanto perdieron de vista a la señora, nada más haberes doblado la primera esquina de la calle; avivaron el paso, al tiempo que dieron rienda suelta a sus risas, que nadie sabe lo que les habían costado aguantar dentro de si mismos. 

Una vez alcanzaron la plaza donde dejaran las caballerías, las soltaron y en completo silencio a paso ligero salieron de la aldea, la cual nada más dejar a su espalda, montaron en las caballerías y al galope igual que almas que lleva el diablo, tras de si cada vez que giraban la cabeza la aldea veían alejarse más y más.

 

 

Ditos, das xentes do pobo

sábado 03 septiembre 2011

Prólogo:

Ditos comentados por as xentes das aldeas, dos que ademais dicían ser certos.

Si nos remontamos no tempo, aló cara atrás por o ano de 1930, aínda que o redactor, deste dito, solo poida chegar con uso de razón e algo de  entendemento ata o ano de 1958, entenderemos mellor de que vai a cousa.

 

Daquelas nas aldeas pequenas, pode dicirse que máis ou menos a metade da xente solo sabía por o seu nome nun papel;  coñecementos da súa contorna e pouco máis, en toda a súa vida non vían un periódico, e non digamos libro, aínda que de pouco lle ían a servir. Como e de supor as noticias ían de boca en boca, co seu correspondente engadido de cada quen as ía contando.

 

Por non existir non existían a radio e menos a televisión; aínda así e todo, había xente lista, a cal non destacaba por falta de medios. Pero como dis que dicía un veciño agudo como un allo, e chistoso como el solo: había xentes moi listas, tanto e así que facían reloxos cos carazos dos nabos, pero o chiste non estaba niso, se non,”re-carafio”, que funcionaban, oes Ti.

 

Tamén teño que engadir de colleita propia que, da mesma historia, segundo comentarios escoitados a xentes doutras bisbarras, existen versións similares, con diferenzas mínimas, en canto a matices e nomes das cousas...

 

Teño que recordarlles que os nomes das xentes, así como de lugares, son puramente ficticios...

 

 

O CHOCOLATE  EO ALLO ESPERRETEADO OU PESPERRETEADO.

 

Como de costume, tamén aquela noite parte dos veciños do pobo xuntaranse na casa do alcumado, Mazaricos, reunións que daquelas lles chamaban fiadeiros, onde pasaban os ratos de lecer. Xa levaban un bo anaco na mesma cando un dos presentes erixíndose en narrador principal, lle preguntou os presentes:

 

¿Algún de bos coñece o dito; os señoritos da vila? 

¡Si home! Seguiu el, ese o dos señoritos, que foran de caza o mesmo corazón da serra, un lugar no que para moitas persoas da ribeira lles soaba como afastado, aló na fin do mundo..

 

Aquelas xentiñas da montaña que para comer o que máis coñecían eran as patacas, mailo  leite, o cal tomaban de tódalas maneiras coñecidas, máis algunha que outra castaña, a parte do pan de centeo, negro coma unha noite escura; que na mesma serra sementaban, espallando o gran por o chan, e pasándolle despois por riba aveceira o galope, para que non o comesen o mesmo tempo que o enterraban, o cavar a terra cos seus pezuños.

 

O veciño que se erixira por vontade propia en narrador principal da noite, vendo que ninguén era sabedor do devandito conto, comezou a explicarse, empregando a vez tódolos membros de seu corpo para o cal fixo funcionar case tódolos músculos; os cales movía o ritmo da conversa; mesmo seus mesmos daban a sensación de que fosen guiados por cordeis invisibles, o xeito das marionetas nas festas e feiras.

 

O narrador, comezou dicindo:

Non fai aínda moitos anos, pero si algúns que ocorreron os feitos que da cotío bou lembrar para min e relatar para vos.

Pode dicirse que parte dos feitos que se desgreñaran decotío, nas seguintes liñas,  ocorreron no século pasado, información que mesmo a vostede pode lle axude a facerse  unha idea máis completa.

 

Un día por a maña cedo, o longo da tempada de caza, os señoritos da cidade decidiron ir de caza á aldea para eles e moitas xentes da ribeira, afastada da civilización, iso si, situada nun enclave privilexiado, o estar a mesma situada nas ladeiras das serras de maior altitude da Provincia, por tanto protexida dos ventos oceánicos, que con  regular frecuencia,  daquelas azoutaban a rexión.

 

Encomezar como quen di, a agromar o sol por entre os outeiros de enfronte o pobo,  cando da cabalo enriba de dúas enormes bestas xurdiron os señoritos de cidade, tras dobrar a derradeira curva da carrúa, ante a aldeá; enfilando de seguido a rúa principal.  Dado que o outono ían camiño do inverno, e o día presentábanse co seu aquel, eles nas súas facianas palparon máis que sentir aquela viruxe, que, mesmo lles deu a impresión, de barbear en seco e cara arriba.

 

No que lles levou aproximarse o centro da aldea, non viron a ninguén por ningures, por o que decidiron amarrar as bestas na aira que viron a súa dereita. Seguindo viaxe a pe despois de trabar as bestas nunha trabe a medio labrar no lugar.  A pe por as carreiras arriba cos membros medio tolleitos por o frío, seguiron en busca dalgunha persoa; mesmo dalgunha señoriña que resgardada da friaxe tras da fiestra de súa ventá outease de cara a rúa, e eles puideran ver, para de paso iso si, sempre despois de saudala, preguntarlle si lles pudia facer unha libra de chocolate para almorzar.

 

Segundo ían camiñando por o medio da rúa principal da aldea, despois de xiraren coa mesma a esquerda, observaron como naquel mesmo momento unha señoriña aparentemente entrada en anos, saía o corredor da entrada, tras facer xirar unha porta, media estartelada, devido seguramente o paso dos anos, a cal deixaran coma as costas dun ancián, curvada e renxendo o moverse

 

A señoriña, camiñaba como quen di de fronte a eles por o corredor de madeira, que a súa dereita, dispuña dunha varanda, para apoiarse nela, ademais naquel mesmo momento, soster unha chea de mazurcas de millo, as cales o vento da mañanciña de paso que lles retiraba de enriba o relente da noite, lles azoutaba os mechos de cabelo que sobresaían de cabeza de case todas elas.

 

Nada máis  a devandita muller alcanzar a cabeceira do corredor, e saudarse mutuamente, eles preguntáronlle:

 

¿Señorita?

Miren meus señores, de señorita xa non lle me recordo cando fun, pois téñolles moitos anos, 

Ven señora, e un dicir...

Vale pero sigan, sigan, non se corten:

Pois dicíamos, si vostede fose tan amable, aínda que sexa abusar da súa bondade, poderíanos facer unha libra de chocolate para almorza?

 

A señoriña, entrelazando o seu medio castelán galego, iso si dunha forma moi educada lle dixo que si.

Moi agradecidos señoriña, e de seguido un deles do peto da zamarra, sacou a libra do chocolate, entregándolla na man a señoriña, que de contado con ela ficou para dentro da casa. Esvaecéndose das súas vistas na penumbra do corredor,  mentres ela seguía camiñando para dentro da casa, en busca do pote que tiña colgado da lareira.

 

Namentres eles ían atender as bestas que deixaran no medio da aira e pobo, o tempo que traspasaban uns bolos de pan branco das alforxas, aos petos das zamarras.

 

A señoriña a medio camiño da lareira, decidiu pasar antes por o comedor, en busca de algo que lle servise para atar a libra do chocolate, antes de introducila no pote despois de levantarlle a tapa por suposto.

No terceiro caixón do moble, despois de rebuscar nos demais caixóns, atopou unha baraza bastante longa, coa que atou a libra do chocolate, dirixíndose de seguido coa mesma na man de cara a lareira.

 

Nada máis entrar na lareira o primeiro do que se decatou, foi que a lume estaba algo esvaecida, pero o primeiro que fixo nada máis chegar o carón do pote; foi revisar o seu contido, para seguidamente axustar a distancia que se atopaba de lume, para elo manipulo a cadea do que colgaba o mesmo,  atada por o outro extremo a unha trabe do canizo, por riba do que tiña a secar unha morea de castañas, das cales de vez en cando algunha delas estouraba.

 

A coitada, antes de meter a barra do chocolate, apuxérase a pensar: ¿como raios se faría o chocolate?, cousa que nunca vira nin fixera  na súa longa vida; non se lle ocorreu nada mellor que segundo a levaba atada coa baraza, metela dentro do pote a cocer co caldo que estaba a facer, deixando o outro extremo da baraza atada a argola do pote, para máis tarde tirando dela ver como ía de cocida a mesma.

 

De seguido achegoulle os tizóns o lume, soproulle despois unhas cantas veces co fol, cousa milagrosa,  avivouse o momento, desprendendo o tempo, unhas cantas faíscas, as cales de seguido se puxeron a perseguirse unhas as outras xirando o tempo derredor de si mesmas. O mesmo fixeron as  chamas unha vez que gañaron altura, e petar no fondo do pote, deslizándose suavemente de seu derredor, conseguindo con elo, que no interior o contido do mesmo gañase temperatura.

 

Cando de alí a un anaco, así como despois de lavar a señoriña os cacharros da noite anterior; foi cara o pote, con unha man tirou un pouco da tapa e coa outra tirou da baraza,  tentando comprobar como ía de cocida a libra do chocolate, ¡miña nai-iña!, a señoriña,  non daba creto, na súa man solo tiña unha baraza baleira,  nin restos do que fora unha barra de chocolate; a mesma non sabía que dicir nin facer, rir ou chorar...

 

Alá me tes a señoriña co seu mandil, máis as galochas que acababa de poñer como quen di recen ferradas, atronando o camiñar por o corredor a toda velocidade de que eran capaces as súas cortas pernas, toda ela se desprazaba fora da casa, mentres ela non paraba de pensar: en que, e como dicírllelo acontecido os señoritos da cidade.

.

Eles que naquel preciso instante, tamén se dirixían de cara a casa o encontro da señora e seu almorzo; o  vela chegar daquel xeito, ca baraza na man, o mandil desgastando con algún que outro burato, esfiañado por ámbalas esquina, e a toda presa,  nas súas mentes, como relampos, se fixeron a idea de que algo raro lles ía a dicir, así como que algo estraño lle debería haber sucedido a mesma.

 

De chegado a súa altura nin sequera lle saían as palabras, nun principio quixo falar e non puido; ata que de súpeto vai e de golpe soltarlles:

Miren meus señoritos miren, ateilles a libra do chocolate con esta baraza que levo na man, e púxenllo a cocer no mesmo pote onde tiña a facer o caldo para a noite, e cando lles fun mirar se estaba cocida, para o que tirei da baraza non lles me saíu nadiña.

Eles a cada palabra da mullèríña mesmo parecía cambiasen de cor, a súa cara cada vez se lles conxestionaba máis, xa non sabían se rir o chorar.

 

¡Esporreteado ou Pesperreteado!

 

 

- Nada non se preocupe señoriña; no canto diso igual nos podería facer unhas sopas de pan.

Si señoritos non ai problema algún, agora mesmo llas fago;pero antes díganme, ¿e como as van a queren, non baia a ser o diaño...? ¡co allo esporreteado ou pesperreteado!..

 

- señoriña podíanos explicar que e iso do allo esporreteado ou pesperreteado, pois nos éa primeira vez que tal oímos.

Pois miren para aquí miren, con estas dúas moas que aínda me quedan boas, machícolle dous dentes de allo e despois; Esporreteado e sopralo todo de seguido enriba das sopas, e pesperreteado,  cuspilo da pouquiño.

 

Eles que a ollan de abaixo arriba, cando chegan a súa cara, venlle aquelas dúas moas aló no máis fondo dos carrexos, a traveso daquela entrada, con un dente enorme a cada veira, situados na mesma dianteira da boca. A imaxinación deulles para todo, como pensar en marcos de leiras, cancelas pero solo os marcos das veiras, ata  na vivenda da raposa.

 

Mi madriña que arrepío lles deu;  tal foi así que non se lles ocorreu outra cousa que dicir:

Aínda que levaban os bolos nos petos das zamarras: señoriña, mire vamos nun momento ata as alforxas das cabalerías, buscar uns bolos de pan branco, poñéndose en movemento antes de remataren as derradeiras palabra.

 

Ían case sen cor na cara, como medio conxestionados, pero aínda así, en canto perderon de vista a señoriña avivaron o paso, dándolle  renda solta as risas, que como gurgullas pugnaban por saíren dos seus peitos, as cales non sabe ninguén o que lles había costado aguantar dentro de si mesmos.  En canto chegaron a aira, en silencio destrabaron as bestas, éa paso lixeiro saíron ata as aforas da aldea, onde montaron e fuxiron o galope, tendido, como almas que leva o diaño.


 

Galerías

Algunas de mis fotos
Ver todas

Calendario

« mayo 2012
lunmarmiéjueviesábdom
 
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
   
       
hoy

Enlaces

RSS

$pageModel.customWidgetHTML